Cuando valores obsoletos dirigen el aprendizaje

¿Por qué hay materias? ¿En qué se basa la fragmentación de materias cuando en el mundo, fuera de la escuela, no está fragmentada de ésta manera? ¿Es realmente bueno segmentar el día escolar por períodos de 40 minutos? ¿Tenemos todos que aprender dentro de las paredes de la escuela? ¿Es justo que otra persona ajena al niño decida lo que debe aprender? ¿En realidad los niños no pueden aprender sin el control y la dirección de los adultos? ¿Habrá otras maneras de dividir a los niños, en vez de por edades? ¿Son las tareas realmente necesarias para que aprenda un niño? ¿Son los exámenes la mejor manera de medir los conocimientos de un niño? ¿Por qué creemos que otra persona ajena al niño puede evaluar mejor sus conocimientos que el niño mismo? ¿De verdad se tiene que calificar un proceso de aprendizaje? ¿Por qué se piensa que la escuela tiene el monopolio del aprendizaje?

Históricamente, a partir del enfoque en la productividad del Industrialismo, surge la creencia de que es necesario medir y clasificar los conocimientos de las personas. Qué se mide, cómo se mide y para qué se mide, y tal vez sobre todo por qué, es, según mi opinión, uno de los errores principales del sistema educativo convencional. No sólo afecta negativamente el proceso de aprendizaje a nivel individual, sino también lo que se enseña en las escuelas convencionales, cómo se enseña y cómo se aprende.

El enfoque va desde que el niño debería de tener el derecho de aprender, a que tiene que aprender, no sólo lo que se estipula, sino a un ritmo que otros dirigen. Pero… aprendemos a ritmos diferentes, tenemos talentos, intereses y pasiones distintos. Si una escuela pretende ser democrática todos los niños deberían tener el derecho de aprender lo que más deseen, a su propio ritmo, y de la manera que más convenga a cada uno.

Cuando valores obsoletos dirigen el aprendizaje

Sin importar qué y cómo aprendemos, el aprendizaje es un proceso que funciona más o menos de la misma forma para todos: aprendemos una cosa, todo bien. Aprendemos algo nuevo que se basa en lo ya aprendido, y de repente lo que ya habíamos aprendido toma una nueva forma en nuestro entendimiento. Lo que ya pensábamos saber, toma tonos nuevos. Muchas veces, en el entorno escolar, esto se ve como si no hubiéramos entendido nada, porque empezamos a mezclar los conceptos aprendidos, pero eso es un malentendido. Sólo es el cerebro que está asimilando los nuevos conocimientos. En ese proceso de aprendizaje, debemos de tener el derecho de equivocarnos con frecuencia, porque esos errores sólo señalan que estamos aprendiendo a un nivel más profundo. Por esa razón los errores son importantes y positivos.

Sin embargo, si sólo nos enfocamos en medir los resultados de lo que un niño está logrando por el momento, los controles de conocimientos en forma de exámenes, con frecuencia darán una imagen tergiversada de lo que el niño realmente entiende y sabe. No podemos medir un resultado y confiar en que refleje la realidad cuando una persona está en medio de un proceso de aprendizaje.

La caza de resultados impide el proceso de aprendizaje en muchos niveles. Al estancarse en un nivel, lo mejor que uno puede hacer es soltar la materia y dejar que el cerebro descanse, en vez de forzar el aprendizaje (para esto, se pueden necesitar varias semanas). Mientras el cerebro descansa del aprendizaje activo, obtiene espacio para trabajar lo aprendido a otro nivel, sin que se le moleste. Lo que realmente sucede es que la información se procesa “solita”. Cuando volvemos a la materia unas semanas después, nos sorprendemos frecuentemente por todo lo que hemos podido procesar “sin trabajar”.

Cuando valores obsoletos dirigen el aprendizaje

Es sólo una de las razones de por qué es sano no tener tareas por las tardes. El cerebro necesita descansar para asimilar los conocimientos. No necesita trabajar más, ya estuvo activo todo un día escolar. Además necesita ser estimulado de otras formas, y no solamente de manera intelectual: jugar, moverse, explorar libremente son cosas que son muchísimo más importantes para el desarrollo y el aprendizaje de un niño, que hacer tareas. Además: ¿qué adulto aceptaría trabajar extra sin ser pagado? ¿Cuándo vamos a entender que las tareas implican lo mismo para los niños?

En países como los Estados Unidos y México, el enfoque en tareas y exámenes han acaparado completamente la enseñanza y el tiempo libre de los niños: la mayoría de los maestros pasan su tiempo solamente preparando a los alumnos para los exámenes, en vez de enseñarles cosas que les sirvan para toda la vida. Esa perspectiva es tan corta y completamente ineficiente, no sólo desde una perspectiva de la sociedad sino también del individuo.

¿En qué consiste el valor de (a través de exámenes) medir y pesar la “productividad del aprendizaje” de los niños, para luego clasificarlos en compartimentos marcados “reprobado: malo, aprobado: bueno? Constantemente comparar a los niños entre ellos, manda señales extrañas de competencia y competitividad, donde los factores de motivación externa intentan controlar la motivación interna. Mientras no cuestionemos que ésta es una de las consecuencias de una escuela basada en una valorización obsoleta del ser humano, los exámenes y las calificaciones siempre se considerarán relevantes.

Al priorizar que lo más importante es ganar la competencia, factores de motivación externa siempre dirigirán al ser humano y al mundo. En una competencia uno se compara constantemente con los demás. Y en una competencia siempre hay más perdedores que ganadores. No entiendo cómo los sentimientos de desempoderamiento que surgen en los perdedores (la mayoría) en algún momento podrían crear algo positivo.

Cuando valores obsoletos dirigen el aprendizaje

Si el enfoque educativo fuera crear individuos capaces y enteros que cada uno pueda aportar algo valioso a este mundo, esta visión obsoleta ya no tendría ningún lugar en la sociedad. Y entonces podríamos abrirnos a una forma muy distinta de valorar al ser humano.

Con la revelación de que todos los seres humanos, durante nuestras vidas, nos encontramos en un desarrollo constante donde es imposible terminar de aprender, necesitamos aceptar que un proceso no se deja medir. Porque, ¿cómo se vería ese flexómetro? Y ¿quién tiene realmente la capacidad para juzgar dónde, en la escala, otra persona se encuentra?

Cuando dejamos que valores obsoletos dirijan el aprendizaje, es fácil perder el enfoque.
Podríamos mejor pensar a largo plazo, y concentrarnos en que lo más importante debería ser que los niños aprendan lo que necesiten y lo que realmente les sirva en la vida: de una manera y a un ritmo que funcione para cada uno.

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